LA VIOLENCIA DEL LENGUAJE INCLUSIVO EN TIEMPOS DE TRANSICIÓN.

Por:Raúl Gómez Toledo

Consultor jurídico y estudiante de lingüística por la Universidad Autónoma Metropolitana.
Twitter: @rulodelamar

A propósito de la transición, como río murmurante que anuncia un nuevo caudal, la lucha necesaria que llevan a cabo las mujeres por una sociedad más equitativa y libre de feminicidios, cada día se visibiliza más en los discursos de quienes ocupan espacios estratégicos de comunicación en organizaciones civiles, prensa y gobierno.

Es mediante el poder legislativo donde se ha generado una codificación de este discurso y es posible verlo instrumentado en el Código de Ética de las Personas Servidoras Públicas del Gobierno Federal [1], específicamente en los artículos 14 y 15 de esta normatividad. En ambos artículos, se dan pautas de actuación en materia de perspectiva de género; pero es en el artículo 15 donde se menciona que: “Las personas servidoras públicas emplearán lenguaje incluyente en todas sus comunicaciones institucionales…”

Un vacío de esta disposición es que no señala la dimensión del uso del lenguaje inclusivo; es decir, si se trata de una forma simple o amplia. Por ejemplo, un uso simple del lenguaje inclusivo podría validar la modificación de nombres (sustantivos) masculinos por “neutros” [2] cuando se refiere a un grupo constituido por personas de dos géneros; tal es el caso de “La niñez” en lugar de “Los niños”. Vale la pena revisar en este ejemplo que, aunque se cambió un nombre masculino por uno “neutro”, en ambos casos prevalece un artículo con género, sea femenino o masculino.

En un sentido más amplio, hay variaciones mucho más drásticas que eliminan morfológicamente los géneros de todo tipo de palabra, como en el caso “Les niñes” en vez de “Los niños”.

Esta situación puede generar problemas desde un aspecto comunicativo pese a la existencia de los manuales de lenguaje inclusivo elaborados por la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres; que dicho sea de paso, no fueron elaborados por lingüistas, sino por personas enfocadas a los estudios de género, con lo cual no se contempla plenamente los efectos del lenguaje inclusivo en los niveles morfosintácticos del español y con ello, su implementación resulta intrusiva y poco natural. Por ello, gran parte de la comunidad lingüística y neurocientífica ha manifestado reservas al uso del lenguaje inclusivo, entre ellos Ignacio Bosque o Steven Pinker.

Por otra parte, el problema no queda sólo en la morfosintaxis, sino que su implementación genera violencia desde un punto de vista ideológico y cultural. Sirve traer a colación el ejemplo de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la cual fue fundada en 1713 para homogenizar el español en todas las colonias. Dicha homogenización por parte de la RAE nunca se logró por una sencilla razón: El lenguaje es de quien lo usa en donde lo usa.

El uso del lenguaje inclusivo puede ser válido en ciertos sectores sociales y geográficos como en la Ciudad de México; pero difícilmente aplicado y aceptado por comunidades con usos y costumbres fuertemente arraigadas.

No minimizo de manera alguna que exista violencia hacia las mujeres en este país y que es necesario generar herramientas a nivel estatal para evitar casos como los feminicidios que siguen apareciendo en los titulares de los periódicos, pero también es importante saber que implementar una forma de hablar o de expresarse en las personas, es también generar violencia; es llevar a cabo una colonización moderna desde el lenguaje.

[1] Publicado en el Diario Oficial de la Federación el 5 de febrero del 2019.

[2] Cabe resaltar que el español no tiene neutros, pero utilizo esta expresión para referenciar palabras que no tienen un género.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir arriba